Si hay una cualidad que los ejecutivos buscan para sí mismos y sus empleados, es un alto rendimiento que sea sostenible para hacerle frente a la presión y el cambio cada que se incrementan cada vez con mayor velocidad. Pero la fuente de tal actuación es tan esquiva como la fuente de la juventud. Los teóricos de la gestión han tratado desde hace mucho tiempo de identificar con precisión qué hace que algunas personas florezcan bajo presión y otras colapsen. Sostenemos que sólo se han dado respuestas parciales: grandes recompensas materiales, una cultura de trabajo positiva, la administración por objetivos.

El problema con la mayoría de los enfoques, es que tratan con personas solo desde el cuello hacia arriba, conectando el alto rendimiento principalmente con la capacidad cognitiva. En los últimos años se ha centrado cada vez más en la relación entre la inteligencia emocional y el alto rendimiento. Algunos teóricos han abordado la dimensión espiritual — cómo los valores más profundos y el sentido de propósito influyen en el desempeño. Casi nadie ha prestado atención al papel desempeñado por las capacidades físicas.

Hemos encontrado que, un enfoque exitoso para un alto rendimiento sostenido, debe reunir todos estos elementos y considerar a la persona como un todo. Por lo tanto, nuestra teoría integrada de la gestión del rendimiento aborda el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu. Llamamos a esta jerarquía la pirámide de alto rendimiento. Cada uno de sus niveles influye profundamente en los demás, y el hecho de no abordar alguno de ellos compromete el desempeño integral.

La Pirámide del Alto Rendimiento

El rendimiento máximo en los negocios a menudo se ha presentado como una cuestión de pura capacidad intelectual, pero vemos el rendimiento como una pirámide. El bienestar físico es su base. Por encima de eso descansa la salud emocional, luego la agudeza mental, y en la parte superior, un sentido de propósito. El estado de rendimiento ideal (rendimiento máximo bajo presión) se logra cuando todos los niveles están trabajando juntos.

Los rituales que promueven la oscilación —el gasto rítmico y la recuperación de energía— vinculan los niveles de la pirámide. Por ejemplo, el ejercicio vigoroso puede producir una sensación de bienestar emocional, despejando el camino para el máximo rendimiento mental.

Nuestro enfoque tiene sus raíces en las dos décadas que Jim Loehr y sus colegas de LGE pasaron trabajando con atletas de clase mundial. Hace varios años, los dos comenzamos a desarrollar una versión más completa de estas técnicas para ejecutivos que enfrentan demandas sin precedentes en el lugar de trabajo. En efecto, nos dimos cuenta de que estos ejecutivos son «atletas corporativos». Si tuvieran que desempeñarse a altos niveles en el largo plazo, planteamos, tendrían que entrenar de la misma manera sistemática y multinivel que hacen los atletas de clase mundial. Ahora hemos probado nuestro modelo en miles de ejecutivos. Su espectacular mejora en el rendimiento laboral y su mejora en la salud y la
felicidad confirman nuestra hipótesis inicial. En las páginas que siguen, describimos nuestro enfoque en detalle.

Estado de Rendimiento Ideal

En el entrenamiento de atletas, nunca nos hemos centrado en sus habilidades principales: cómo golpear un saco de boxeo, balancear un palo de golf o jugar al baloncesto. Del mismo modo, en los negocios no abordamos competencias primarias como hablar en público, negociar o analizar un balance general. Nuestros esfuerzos tienen como objetivo ayudar a los ejecutivos a desarrollar su capacidad para lo que podría llamarse competencias secundarias o de apoyo, entre ellas resistencia, fuerza, flexibilidad, autocontrol y enfoque. El aumento de la capacidad en todos los niveles permite a atletas y ejecutivos llevar sus talentos y habilidades a un nivel óptimo y mantener un alto rendimiento de forma sustentable por períodos prolongados, una condición que llamamos Estado de Rendimiento Ideal (ERI o IPS por sus siglas en inglés). Obviamente, los ejecutivos pueden actuar con éxito incluso si fuman, beben alcohol y tienen sobrepeso, o carecen de habilidades emocionales o de un propósito elevado en la vida. Pero no pueden realizar todo su potencial o sin costo a lo largo del tiempo: para sí mismos, para sus familias y para las corporaciones para las que trabajan.

En pocas palabras, los mejores deportistas y artistas aprovechan la energía positiva por largos períodos en todos los niveles de la pirámide de rendimiento.

Una amplia investigación en ciencias del deporte ha confirmado que la capacidad de movilizar energía a la demanda es la base del Estado de Rendimiento Ideal. Nuestro propio trabajo ha demostrado que la gestión eficaz de la energía tiene dos componentes clave. El primero es el movimiento rítmico entre el gasto energético (estrés) y la renovación energética (recuperación), que denominamos «oscilación». En el laboratorio viviente de los deportes, aprendimos que el verdadero enemigo del alto rendimiento no es el estrés, que, por paradójico que pueda parecer, es en realidad el estímulo para el crecimiento. Más bien, el problema es la ausencia de una recuperación disciplinada e intermitente. El estrés crónico sin recuperación agota las reservas de energía, provoca agotamiento y degradación y, en última instancia, socava el rendimiento. Los rituales que promueven la oscilación —el estrés rítmico y la recuperación— son el segundo componente del alto rendimiento. Repetidas regularmente, estas rutinas altamente precisas y desarrolladas conscientemente se vuelven automáticas con el tiempo.

Los resultados de nuestra investigación demuestran que los mismos métodos que permiten a los atletas de clase mundial llegar a un Estado de Rendimiento Ideal bajo presión serían al menos igualmente efectivos para los líderes de negocios, y quizás incluso más importantes en su vida personal. La exigencia de que los ejecutivos mantengan un alto rendimiento día tras día, año tras año, supera por mucho los desafíos a los que se enfrenta cualquier atleta que hayamos entrenado. El atleta profesional promedio, por ejemplo, pasa la mayor parte de su tiempo practicando y solo un pequeño porcentaje, pocas horas al día, como máximo, compitiendo. El ejecutivo típico, por el contrario, dedica muy poco tiempo a su entrenamiento y vive bajo la exigencia de realizar su trabajo 10, 12, 14 o más horas al día. Los atletas disfrutan de varios meses fuera de temporada, mientras que la mayoría de los ejecutivos tienen la suerte de obtener una a cuatro semanas de vacaciones al año. La carrera del atleta profesional promedio abarca siete años; el ejecutivo promedio se espera que trabaje a ese ritmo durante 40 a 50 años.

Por supuesto, incluso los atletas corporativos que entrenan a todos los niveles tendrán malos días y se enfrentarán a desafíos que no pueden superar. La vida es dura, y para muchos ejecutivos hambrientos de tiempo, sólo se está haciendo más difícil. Pero ese es precisamente nuestro punto. Si bien no siempre está en nuestro poder cambiar nuestras condiciones externas, podemos entrenar para manejar mejor nuestro estado interno. Nuestro objetivo es ayudar a los atletas corporativos a utilizar toda su gama de capacidades para prosperar en las circunstancias más difíciles y para salir de períodos estresantes más fuertes, saludables y ansiosos por el próximo desafío.

Una versión de este artículo fue publicado en el suplemento de Enero 2001 en la revista Harvard
Business Review.

Jim Loehr y Tony Schwartz

Via HBR.org

Traducido y Adaptado por Coach Víctor Vargas para WAO Coaching & Consulting